Un buitre en el campanario
El sueño de un Dios…
El soplo de un Dios…
La cópula amorosa de un Dios…
Pero he aquí el último hallazgo existencialista y
Filosófico: El excremento de un Dios.
León Felipe “Este orgulloso capitán de la historia”
Escuchen, y escúchenlo bien, pues posiblemente esta historia sea contada sólo una vez. Aquella tarde, las nubes como losas, fueron desplomándose una a una sobre el cielo, acompañadas de su estruendo, para asfixiar un sol que presenciaba cómo las personas entre las calles de un Dédalo inmemorial, se arrastraban río abajo, llevadas por una corriente de voces tornasoladas. Pero, entonces, como si el rumor hubiese sido devorado por el bostezo de una cripta, un indescriptible silencio se adueñó de la plaza de aquella comarca, y no eran precisamente fariseos los que mercaban sus productos a las puertas de la antigua catedral, no, sino vendedores de palabras impresas, en libros cuyas letras oscureciera una sombra. El espíritu de Gutenberg tuvo que contener su espanto, debido a una presencia, claramente observada por quienes ahí transitaban, de un ser como desafiando, incluso a la sosegada marcha de quienes abandonaban la liturgia de la mañana. La sombra de un buitre en el campanario conturbó las pupilas tanto de los oficiantes como de los feligreses.
Ahí, en la atalaya, un buitre, sobre la cruz de piedra extendió sus alas, como un ángel negro, y aunque quizás no todos lo vieron, juro por el Creador, que la mayoría pudo sentirlo. El ave rapaz acicalaba sus alas, al tiempo que las palomas en espiral hasta el piso del atrio parecían, graves, a su espalda descender.
Una mujer de apariencia lunar, dedicada a la vendimia en aquella arteria, así como un monje de la Orden del Fuego Azul, lo mismo que un nervioso y mercurial viajero, fueron los primeros en dirigir sus dedos índices hacia aquella figura que a su vez, clavadas sus garras sobre el madero de piedra, frío los contemplara. Y, así fueron unos, y otros, y demás que con sorpresa, caídos en el vértigo de una sensación fúnebre, como reminiscencia de un lamento desatado en la noche por el viento, apretaron más las manos de sus hijos, de sus amigos al despedirse, en un adiós, un adiós fatal, insoportable.
Hubo quien se atrevió a gritar en voz alta, ¡Miren, miren, esa es la señal! Y aunque lo dijo casi con sorna, sabía, sin pensar, lo que decía. A lo que un monje espetó casi con regaño que podría darse cualquier interpretación a la visión, cualquier interpretación, escuchen, ¡cualquier interpretación! Lo que hizo una pequeña niña, llevada de la mano por su padre, un conocido rapsoda, fue apretar en su pecho un dije que se dolió entre sus dedos, ¡era la flor de la vida, que presentía el dolor!
Pudieron haber sido instantes, lo cierto es que el silencio y la oscuridad se apoderaron de aquella plaza, en la que el tiempo en el reloj de la catedral pareció dar la vuelta a todo para demostrar la debilidad de los poderosos, la fortaleza de los vencidos, la mancha de los inmaculados, pero, ¡cosa increíble! el reloj se detuvo y aun ahora, sus manecillas como espadas, no han dejado de marcar una hora, en la que, en adelante, todo ha sido confusión: pedazos de seres, que alguna vez fueron vivos, han aparecido tras cada noche, como si las losas en las nubes hubieran anticipado la sangre que como lluvia ha venido cayendo en torrentes hasta ahora.
Y esto ocurrió una tarde en la que, Día del Señor, las personas salían de la catedral. ¡Creador del Universo!, cuánta anticipación nos otorga la naturaleza con sus aves de mal agüero, pero aun más, cuánta miseria humana ha sido posible observar entre los seres, presuntamente creados por un ser divino, cuando más parecen serlo “excrementos de Dios”.
Irrumpieron una a una en un eco, perdurable, intenso y lejano, las campanadas de la torre, tras lo cual el buitre de inmenso tamaño con las alas extendidas, se elevó en el cielo haciendo jirones las plegarias de los hombres, provocando pesadillas en los sueños de las doncellas, despertando el ansia de los escribas. Mas, escucha, y escúchalo bien, pues posiblemente esta historia sea contada sólo una vez, de qué manera un perfume de lirio recorrió las calles de la comarca, mientras el llanto de un niño a Sofía despertaba.
Omar Paolo
Junio 2011