Catedral de Nortre Dame

Catedral de Nortre Dame
Catedral de Nortre Dame

martes, 14 de junio de 2011

Un buitre en el campanario

Un buitre en el campanario
El sueño de un Dios…
El soplo de un Dios…
La cópula amorosa de un Dios…
Pero he aquí el último hallazgo existencialista y
Filosófico: El excremento de un Dios.
León Felipe “Este orgulloso capitán de la historia”

            Escuchen, y escúchenlo bien, pues posiblemente esta historia sea contada sólo una vez. Aquella tarde, las nubes como losas, fueron desplomándose una a una sobre el cielo, acompañadas de su estruendo, para asfixiar un sol que presenciaba cómo las personas entre las calles de un Dédalo inmemorial, se arrastraban río abajo, llevadas por una corriente de voces tornasoladas. Pero, entonces, como si el rumor hubiese sido devorado por el bostezo de una cripta, un indescriptible silencio se adueñó de la plaza de aquella comarca, y no eran precisamente fariseos los que mercaban sus productos a las puertas de la antigua catedral, no, sino vendedores de palabras impresas, en libros cuyas letras oscureciera una sombra. El espíritu de Gutenberg tuvo que contener su espanto, debido a una presencia, claramente observada por quienes ahí transitaban, de un ser como desafiando, incluso a la sosegada marcha de quienes abandonaban la liturgia de la mañana. La sombra de un buitre en el campanario conturbó las pupilas tanto de los oficiantes como de los feligreses.
            Ahí, en la atalaya, un buitre, sobre la cruz de piedra extendió sus alas, como un ángel negro, y aunque quizás no todos lo vieron, juro por el Creador, que la mayoría pudo sentirlo. El ave rapaz acicalaba sus alas, al tiempo que las palomas en espiral hasta el piso del atrio parecían, graves, a su espalda descender.
            Una mujer de apariencia lunar, dedicada a la vendimia en aquella arteria, así como un monje de la Orden del Fuego Azul, lo mismo que un nervioso y mercurial viajero, fueron los primeros en dirigir sus dedos índices hacia aquella figura que a su vez, clavadas sus garras sobre el madero de piedra, frío los contemplara. Y, así fueron unos, y otros, y demás que con sorpresa, caídos en el vértigo de una sensación fúnebre, como reminiscencia de un lamento desatado en la noche por el viento, apretaron más las manos de sus hijos, de sus amigos al despedirse, en un adiós, un adiós fatal, insoportable.
            Hubo quien se atrevió a gritar en voz alta, ¡Miren, miren, esa es la señal! Y aunque lo dijo casi con sorna, sabía, sin pensar, lo que decía. A lo que un monje espetó casi con regaño que podría darse cualquier interpretación a la visión, cualquier interpretación, escuchen, ¡cualquier interpretación! Lo que hizo una pequeña niña, llevada de la mano por su padre, un conocido rapsoda, fue apretar en su pecho un dije que se dolió entre sus dedos, ¡era la flor de la vida, que presentía el dolor!
            Pudieron haber sido instantes, lo cierto es que el silencio y la oscuridad se apoderaron de aquella plaza, en la que el tiempo en el reloj de la catedral pareció dar la vuelta a todo para demostrar la debilidad de los poderosos, la fortaleza de los vencidos, la mancha de los inmaculados, pero, ¡cosa increíble! el reloj se detuvo y aun ahora, sus manecillas como espadas, no han dejado de marcar una hora, en la que, en adelante, todo ha sido confusión: pedazos de seres, que alguna vez fueron vivos, han aparecido tras cada noche, como si las losas en las nubes hubieran anticipado la sangre que como lluvia ha venido cayendo en torrentes hasta ahora.
            Y esto ocurrió una tarde en la que, Día del Señor, las personas salían de la catedral. ¡Creador del Universo!, cuánta anticipación nos otorga la naturaleza con sus aves de mal agüero, pero aun más, cuánta miseria humana ha sido posible observar entre los seres, presuntamente creados por un ser divino, cuando más parecen serlo “excrementos de Dios”.
            Irrumpieron una a una en un eco, perdurable, intenso y lejano, las campanadas de la torre, tras lo cual el buitre de inmenso tamaño con las alas extendidas, se elevó en el cielo haciendo jirones las plegarias de los hombres, provocando pesadillas en los sueños de las doncellas, despertando el ansia de los escribas. Mas, escucha, y escúchalo bien, pues posiblemente esta historia sea contada sólo una vez, de qué manera un perfume de lirio recorrió las calles de la comarca, mientras el llanto de un niño a Sofía despertaba.
           
Omar Paolo
Junio 2011

Bodas negras


Bodas negras
                                                               A la Dama del Crepúsculo
            La mayoría busca amor, deseando que ese amor, o lo que llama amor, sea una proyección compartida. Buscan que ese sentimiento halle un cause correcto, pleno, abierto para demostrarse, deseando la perduración, con el fin de afianzarse; el amor perenne con la presencia del otro.
            Algo ha de ocurrir, pues, cuando no se pretende que perdure, aunque sí trascienda, es decir, se halle siendo al instante de su evanescencia, envuelto en el humo desprendido de esa misma fuerza compartida con la desesperanza, ¡Fugaz intensidad!, saboreando con deleite malsano, ese trago agridulce de la culpa, en lo prohibido.
            O el colmo del idealismo o la pauta literal de una adicción, ansiedad, egolatría, todo menos que un amor luminoso, sencillo, conveniente, madurado en el tiempo. Por el contrario, la vehemente sumisión a las sensaciones embriagantes que dejan de lado todo aspecto de enamoramiento para inmolarse trémulamente en la pasión, misma que bien pudiera ser acusada de absurda por su eficaz perdición, y que, sin embargo, llevarían a los guiñoles de un histrión inventado por dos a un delirio inmediato, éxtasis fuera de tiempo, lugar o expectaciones; la total entrega a la ilusión angustiante de un amor arcano; insectos borrachos insaciables, libando en el néctar de la flor la postrimera gota de vida, tal cual el condenado se detuviera para apreciar sin esperanza alguna la luna menguante en plena madrugada; solitario, incomunicado, más aun hermanado a su verdugo; arropado en las prendas oscuras de un Sambenito insoportable como altivo. Celebrando en un festín macabro de sombras Las Bodas Negras con su fatalidad.
            A dichos trastornados consortes, lo mismo presentiremos en un suspiro del viento congelado en su ascenso a la montaña del placer con los pulmones quemados, así como atestiguaremos su caída plena a los pies del máximo infortunio en aras de un beso arrebatado a la veleidosa Minerva, la cual apartando de su lado a Marte desliza sus túnicas hasta el suelo, abriendo las ventanas a La Noche, transformada en puente de neblina para invocar el espíritu del ser amado, como levantado de entre los muertos por una oración desesperada, convirtiendo su recuerdo a través del fetiche de un símbolo; una daga en la cruz deshaciéndose entre los dedos de un gemido, espeso, caótico, tan ardiente como elevado; hasta percibir los estigmas del Cristo humano, en la sangrante imposibilidad de un amor condenado a su extinción.
            Paradójicamente, este sentimiento que llamaremos “contra-amor”, suele ser más comprometido, puesto que arriesga la vida por la sublime exaltación del encuentro desesperado y fugaz, mostrándose incompasivo con la presunta eternidad de las promesas de un iluso “para siempre”. Las horas, cuales gotas de un viscoso cenagal, se desprenderán dulcemente de su corazón, y entre lamentos harán otras promesas y otras, tan desilusionadas como una burla del hado.
Añorarán las lunas, las cuales percibirán en las noches como pétalos blancos, cayendo sobre la tumba de la pesadez de los días. La noche, esa noche, esa única noche, noche  celestina, en que las manos rasguñadas de la poesía dejará como en prenda, las almas calcinadas de los amantes bajo las sábanas furtivas de un mar tempestuoso que “nadie debe saber”.
Sin contratos se lanzan a la aventura de amarse como debió ser antaño, cuando los caballeros sabían de su nobleza, y, aun contraviniendo las reglas del orden moral o religioso, sellaban sus juramentos con la inmortalidad de la noche para volverse infinitos en un beso, antes de partir a la búsqueda de nuevas luchas para demostrar su lealtad a la amada, puesto que ni los reyes, ni los representantes de deidad alguna en la tierra, tenían nada que ver con estas batallas, libradas en el peligroso terreno del corazón.
            “Venid, venid conmigo para presenciar, ahí donde las doncellas y las prostitutas, las santas y criminales, en mitad del bosque se despojan de vestimentas y colocan las máscaras de colores, antes de comenzar la danza lo mismo con ermitaños que con guerreros, cubiertas sus testas de sayales negros, y por debajo de sus cinturas realizando el milagro de la resurrección”.
Omar Paolo
Junio 2011
















martes, 26 de abril de 2011

Permanente Mente Ausente

Inmortales los mortales,
mortales los inmortales,
viviendo su muerte,
muriendo su vida.
Heráclito

Tengo dos teoría, no sobre la vida, pero sí sobre el mundo, -al menos el mundo que es el que ni tú ni yo desconocemos-... Ahora, en este momento, en el mismo instante en que esto escribo, has sido tú el que lo ha estado haciendo, en el mismo lugar y bajo las mismas circunstancias que "yo"... En todas partes y en todas ocasiones ni tú ni yo existimos como tales, sino como moldes de idénticas imágenes que sólo llenamos con nuestra porción, no, no de vida, insisto que la vida es otra cosa, sino de simple y llana permanencia.
Y aquí viene la segunda teoría que desarrollo a partir de la antes expuesta, y, cabe aclarar que "el nihilismo", defiende la ausencia de sentido, entre otros, pero yo pienso que existen múltiples sentidos, pero ninguno en particular, como en lo que ha continuación expongo.